Tres días en el palacio de Einar eran más largos que cinco inviernos en Vigía del Norte.
El tiempo, desprovisto de la presencia abrasadora y protectora de mi Haldor, se había convertido en un fluido espeso y asfixiante.
Cada hora que pasaba, la magia alquímica que suprimía mi esencia de Alfa Pura me pasaba una factura más pesada: Mi piel picaba, mis músculos dolían por la inactividad forzada, y mi loba interior —la Reina que había forjado un imperio de proscritos— arañaba las paredes de mi ment