Adriana entró sola.
No porque no hubiera abogado. Lo había, esperando afuera con la carpeta organizada, los anexos marcados y la estrategia lista. No porque Franco no estuviera. También estaba, en el mismo pasillo de siempre, de pie esta vez, con los brazos cruzados y la mirada fija en la puerta como si permanecer allí sin atravesarla fuera una forma de penitencia. Adriana entró sola porque decidió esa mañana que lo que necesitaba decirle a Renard no cabía en ningún expediente y que intentar re