La propiedad de Grasse estaba a cuarenta minutos por carretera, en una curva de la Route Napoléon donde los cipreses tapaban la vista desde el asfalto. No tenía nombre en la fachada: solo un número de catastro y una verja de hierro con la pintura descascarada, negra alguna vez, ahora convertida en ese gris oxidado que tienen las cosas cuando alguien decide que el abandono también puede ser una forma de vigilancia.
Adriana bajó del coche antes de que Damián apagara el motor.
Franco no dijo nada.