Eiza.
Caminaba lentamente por el parque, mi hijo sujetando mi mano mientras observábamos a los pequeños jugar en los balancines. Las palomas picoteaban ansiosamente los granos de maíz que las personas dejaban caer, ajenas al bullicio que las rodeaba. Decidí sentarme en una banca cercana, necesitaba descansar. Carmela, siempre atenta, ayudó a mi hijo a subirse a uno de los balancines mientras yo me quedaba sentada, acariciando distraídamente mi vientre abultado. Ya estaba en el octavo mes de emba