Averiguando al culpable.
Emir
Quedé observando a los hermanos de Eiza. El chico ya parecía tener unos 18 años, y la pequeña, unos 12. Solté un suspiro profundo y me acerqué a ellos. La niña estaba llorando sin parar. Me agaché para quedar a su altura y, con suavidad, limpié sus ojitos.
—No te preocupes, vas a ver que pronto tu mamá saldrá de esta —le dije con la mayor convicción posible.
—¿Estás seguro, señor? —preguntó con los ojos llenos de incertidumbre.
—Sí, estoy seguro. No te preocupes —traté de calmarla—. Esta m