Alice iba en la camioneta de Maksym viendo hacia la ventana. La tarde estaba cayendo y las luces en la ciudad se iban encendiendo. Ella admiraba todo y sus ojos brillaban con la luz de afuera. Maksym la observó por unos minutos y sabía que se iba a arrepentir, pero le había prometido dejar que regresara a la mansión al caer la noche.
—Sal del auto —su voz gruesa la sobresaltó—. Bájate, Alice —le ordenó.
Ya le ardían demasiado los ojos de tanto que los abrió en la plaza hace un rato.
—¿Por qué