Mitchell:
Cada gota que caía era más ruidosa que la anterior, cada sonido se intensificaba y el espacio se reducía hasta hacerse cada vez más pequeño al punto que tuve que doblar mis rodillas y éstas chocaban contra mi tórax. El aire se desvanecía, mis pulmones suplicaban por oxígeno, mis ojos rogaban ver la más mínima luz que fuera, no había ninguna. Todo era oscuridad y nada más.
Los minutos se convertían en años, las horas en siglos. Mis huesos sentían todo el peso de ese tiempo, mis venas