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Capítulo 20: El Pacto de las Sombras

 

[Narrado por Liam Donovan]

El sonido del teléfono era un intruso violento en la cabina saturada de sexo y adrenalina. Mia, aún perdida en la neblina del clímax, ignoró el mundo exterior. Sus labios buscaron mi mandíbula, trazando un camino de fuego hacia mi oreja, mientras sus manos volvían a enredarse en mi cabello, tirando de mí hacia ella con una urgencia que me hacía flaquear.

—Mia, basta —gruñí, tratando de alcanzar el celular que vibraba en el compartimento central.

Ella no escuchó. Soltó un gemido bajo y mordió el lóbulo de mi oreja, restregando sus caderas contra las mías una vez más. La fricción de su ropa interior contra mi pantalón casi me hace perder la poca cordura que me quedaba.

—¡Quieta! —le ordené. Esta vez mi voz no fue un susurro; fue el tono de mando que usaba en el campo de batalla.

Ella se congeló sobre mi regazo. Sus ojos, dilatados y oscuros, se clavaron en los míos. El pecho le subía y bajaba con violencia, y por un segundo vi el destello de la antigua Mia rebelde, pero fue sofocado por algo nuevo: una aceptación silenciosa de mi autoridad. Se quedó inmóvil, respirando pesadamente, mientras yo contestaba la llamada.

—Donovan al habla —dije, tratando de estabilizar mi voz.

—Liam, ¿dónde demonios están? —la voz de Dominic sonó tensa por el altavoz—. Los del perímetro informan que el coche de la señorita Valli salió hace veinte minutos, pero ustedes no han cruzado el puesto de control de la avenida principal.

—Tuvimos un percance mecánico menor, señor Blackwood —mentí descaradamente, mirando el cabello revuelto de Mia y mis botones arrancados—. Ya estamos en camino. Entraremos por la puerta sur en diez minutos.

—Dense prisa. Papá está de un humor de perros. Colgué.

El silencio que siguió fue denso, cargado de una realidad que nos golpeaba de frente. Miré a Mia. Estaba allí, casi desnuda sobre mí, con la malla plateada de su vestido hecha un desastre y los labios rojos de mis besos. La tomé de la cintura y, con un movimiento firme pero cargado de una tensión sombría, la moví de mi regazo para sentarla de nuevo en el asiento del copiloto.

—Escúchame bien, Mia —dije, girándome hacia ella mientras trataba de cerrar mi camisa destrozada—. Esto no es un juego. Lo que acaba de pasar... lo que yo soy... no es lo que crees. No soy un caballero, ni soy gentil. No sé amar de la forma en que tus amigas leen en sus libros de romance.

Ella me miró, acomodándose el tirante del vestido con manos que aún temblaban.

—¿A qué te refieres? —susurró.

—Me gusta el control. Me gusta lo oscuro, lo crudo. Si vamos a cruzar esta línea, no habrá vuelta atrás. No serás mi "novia", serás mía de una forma que tu padre nunca aprobaría. Necesito que entiendas que lo que yo busco es... —me detuve, buscando la palabra exacta— ...dominio absoluto.

Mia no apartó la mirada. Al contrario, se inclinó hacia mí, acortando el espacio que yo acababa de crear. Una chispa de determinación pura brilló en sus ojos verdes.

—Si ser tu sumisa es el precio por tenerte así... —dijo, y su voz no tembló ni una vez—, entonces estoy dispuesta, Liam. Haz conmigo lo que quieras, pero no me pidas que me aleje.

Me quedé sin aliento. Había esperado que saliera corriendo, que me abofeteara de nuevo, pero ella acababa de entregarme las llaves de su voluntad.

—Ponte mi chaqueta —ordené, alcanzando la prenda del asiento trasero para cubrir su cuerpo expuesto—. Tápate bien. No quiero que nadie vea lo que me pertenece.

Arranqué el motor y puse el coche en marcha. Conducir hacia la mansión Blackwood se sentía como entrar en la boca del lobo, sabiendo que llevaba conmigo el secreto más peligroso de la familia. Ella se quedó en silencio a mi lado, envuelta en mi ropa, mientras yo conducía con una mano en el volante y la otra apretando con fuerza su muslo, marcando el inicio de un pacto que nos destruiría a ambos o nos haría libres.

Llegamos a la entrada de la mansión. Las luces de seguridad iluminaron el coche y vi a Spencer y Dominic esperando en el porche.

—Baja la cabeza —le ordené antes de detenernos—. Que no te vean la cara hasta que entremos.

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