Mundo ficciónIniciar sesión[Narrado por Liam Donovan]
El habitáculo del coche era un horno de deseo y testosterona. Había perdido el control. El soldado disciplinado, el hombre que se enorgullecía de su templanza, se había evaporado en el momento en que los labios de Mia volvieron a chocar contra los míos.
Ella ya no peleaba. Ahora, su rendición era un ataque. Con un movimiento ágil y desesperado, se deslizó sobre mí, sentándose en mi regazo. La malla plateada de su vestido era apenas un recuerdo; la seda se había subido tanto que me permitía sentir la quemadura de su piel contra mis muslos. Sus manos, pequeñas y frenéticas, terminaron de arrancar los botones de mi camisa, exponiendo mi pecho al aire frío que ella misma calentaba con su aliento.
—Maldita sea, Mia... —gruñí contra su cuello, perdiendo la cabeza.
Me separé lo justo para verla. Estaba en ropa interior de encaje negro, una visión que me golpeó más fuerte que cualquier impacto en combate. Sus ojos estaban nublados, desenfocados por el placer y la adrenalina. Bajé la cabeza, atrapando la curva de su pecho por encima del encaje, besándola con una voracidad que la hizo arquear la espalda y soltar un gemido que se perdió en el techo del coche.
Ella no se quedó quieta. Mia empezó a mover sus caderas con un ritmo instintivo, rústico, rozando su centro contra el mío a través de la tela de mi pantalón. Era una tortura deliciosa. Mis manos se clavaron en sus muslos, sujetándola con una firmeza que rozaba lo rudo, marcando mi territorio en cada centímetro de su piel.
—Quieta —le ordené con voz ronca, una orden que en otro momento la habría hecho estallar en rabia.
Pero esta vez fue diferente. Mia se detuvo un segundo, me miró a los ojos con una intensidad devastadora y, por primera vez, vi una chispa de sumisión pura en su mirada. Inclinó la cabeza, exponiendo su cuello para mí en un gesto de entrega absoluta que me hizo rugir por dentro.
—Eres mía, Blackwood —le susurré al oído—. Recuérdalo cuando mañana intentes odiarme de nuevo.
Volvimos al caos. Sus movimientos se volvieron más erráticos, más urgentes. El roce de nuestras ropas generaba una fricción insoportable. Yo era un hombre con años de experiencia, alguien que siempre mantenía el mando de su propio cuerpo, pero ella estaba rompiendo todas mis defensas. La fricción, el calor de su cuerpo sobre el mío y la presión de su cadera moviéndose contra la mía me llevaron al límite.
Sentí el estallido antes de poder procesarlo. El clímax me golpeó con una violencia que nunca antes había experimentado, una ola de placer tan intensa que me hizo nublar la vista. Fue absurdo, casi humillante para mi ego: había llegado al final solo con el roce, aún con la ropa puesta, simplemente por la forma salvaje en que ella me poseía desde mi regazo. A ella le pasó lo mismo; se tensó contra mí, enterrando las uñas en mis hombros mientras un grito ahogado moría en mi boca.
Nos quedamos así, jadeando, con el corazón de ambos latiendo al unísono en el silencio de la carretera. Mi frente descansaba contra la suya y el sudor nos pegaba las pieles. Nunca me había pasado algo así. Nunca una mujer me había desarmado de tal manera sin siquiera desvestirme por completo.
Estaba a punto de decir algo, de reclamar ese momento, cuando el sonido estridente de un celular rompió el hechizo.
Brip. Brip. Brip.
Era el mío. El tono de llamada de emergencia de la familia Blackwood. El mundo real acababa de derribar la puerta de nuestro escondite de la peor manera posible.
—No contestes... —susurró Mia, tratando de buscar mis labios de nuevo, todavía perdida en la neblina del placer.
—Tengo que hacerlo, Nena —dije, apartándola con cuidado, sintiendo cómo el frío volvía a entrar en el coche y en mi alma—. Es el código de tu hermano Dominic. Algo ha pasado en la mansión.
Saqué el teléfono con manos temblorosas. El nombre de Dominic brillaba en la pantalla como una advertencia. La burbuja se había reventado, y lo que nos esperaba al otro lado de esa llamada probablemente nos recordaría por qué lo nuestro era un incendio destinado a quemarnos a todos.







