—¡Ya basta, Helena!—aquella orden tomó desprevenida a la mujer, quien no podía creer que la estuviese desautorizando frente a su amante.
—¿Qué dices? Pero si…
—Vete de aquí, Emma—ordenó Henrick antes de enfocarse únicamente en su alterada esposa.
Una vez la puerta de la oficina se cerró, los ojos grises de Henrick se clavaron en la mujer frente a él.
—¿Qué pretendes?—la encaró con brusquedad una vez estuvieron a solas.
Helena no pudo entender la razón de su pregunta, por lo que se quedó en