Juan, sentado en el coche, miraba a través de la ventana hacia ella, sin atreverse a acercarse en absoluto.
No sabía cuánto tiempo pasó, pero Lina y Leandro terminaron su cena entre risas y charlas, luego pagaron la cuenta y se fueron.
Juan observó toda la escena de su interacción hasta que desaparecieron de su vista, sin poder reaccionar durante mucho tiempo.
El sonido de su teléfono sonó de nuevo, y García al otro lado de la línea sonaba algo molesto:
—Juan, ¿dónde estás? Señorita Castro