Leah
La sirvienta, Amanda —había dicho que ese era su nombre—, se había vuelto sorprendentemente cercana a mí. Demasiado cómoda, si he de ser sincera.
Al principio no la tomé por el tipo hablador. Me traía la comida, se demoraba más de lo necesario y charlaba trivialidades como si no hubiéramos sido un par de extrañas hace apenas unos días. Agradecía sus esfuerzos. No es que me levantaran el ánimo, pero eran mejor que estar sola o, peor aún, tener a Aiden cerca. Eran los únicos momentos en los