En el instante en que el asistente levantó la mano para pulsar el timbre, un escalofrío le recorrió la espalda. Por el rabillo del ojo percibió la imponente presencia de Alessandro justo detrás de él. Con una sonrisa incómoda, se apartó ligeramente, cediéndole el lugar.
—Presidente, por favor…
Sin embargo, Alessandro mantuvo la mirada fija en la puerta, con aquellos ojos oscuros e insondables como un abismo.
—No hace falta —respondió con frialdad—. Llama tú mismo.
El asistente obedeció, pero el