Camila se quedó atónita. La luz de sus ojos, que hasta hacía unos segundos brillaba como fuegos artificiales ante la promesa de un compromiso, se apagó al instante. El silencio en la mesa resultaba ensordecedor.
— Ustedes dos, coman bien y dejen de mirar hacia los lados —dijo Luana desde su mesa, sirviendo las porciones favoritas de Lucca y Matteo en sus cuencos.
— Solo un poquito más, mamá... —susurró Lucca, con los ojos clavados en la mesa de al lado. El espectáculo apenas estaba comenzando.
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