Blaze Reigns firmó otro póster, su sonrisa atornillada como una armadura. Dios, estaba agotado. Seis horas en un tubo de metal, aire reciclado, y ahora esto —un muro de chicas gritando, agarrando, llorando que creían que le pertenecía. Quería estallar. Gritar _aléjense_. Pero no podía. Blaze Reigns era el rompecorazones de la ciudad. Los rompecorazones no tenían días malos. No se derrumbaban. Sonreían hasta que les dolieran las mejillas y saludaban hasta que se les vencieran las muñecas. Ese er