De vuelta en la mansión Reigns, las piernas de Chloe gritaban. Llevaba treinta minutos de pie, la cabeza gacha, las manos entrelazadas, después de disculparse con Liam por poner en peligro a Blaze. Liam no había dicho una palabra. No había levantado la vista de los documentos en su escritorio. No había reconocido su existencia.
Los tobillos le palpitaban. Las muñecas, todavía vendadas por la pelea del aeropuerto, le dolían bajo las vendas. Tal vez la primera disculpa no había sido suficiente.