HASSAN AL-ÁSAD
Miraba a mi chiquilla con cierta ternura; no pensé que ella deseara que solo ella fuera mi esposa, aunque no pensaba tener más esposas, porque mi corazón y mi alma no pedían a otra mujer que no fuera ella.
Me acerqué a ella y tomé su rostro con ambas manos y acaricié sus mejillas con mis pulgares; cerró sus ojos evitando mi mirada.
Pude sentir cómo su cuerpo se puso rígido al sentir mi tacto.
—¡Mírame! —susurré como una plegaria—. ¡Mírame!, chiquilla.
Ella abrió sus ojos, topá