HASSAN AL-ÁSAD
—¿Por qué lloras, chiquilla? —Me acerqué, olvidando su petición de no hacerlo—. ¿Acaso me tienes miedo? —pregunté con temor. Ella me miró y asintió, haciendo que mi mandíbula se apretara con fuerza.
Me quedé en silencio, sin saber qué decir. Lo único que quería era que no me temiera; podía soportar la mirada de todos, pero no que ella me viera así.
—Lo siento —la escuché susurrar, con la mirada baja.
—¿Lo sientes? ¿Por qué? —pregunté.
—Por el golpe que le di cuando nos conocimos