HASSAN AL-ÁSAD
Miraba a mi chiquilla, sus manos nerviosas. Su cuerpo se estremeció al escuchar la voz de su padre. Apreté los puños inconscientemente. Su "¡Jade!" la hizo temblar, y escucharla hablar con tanta tristeza me oprimió el corazón.
—Sí, majestad, acepto ser su esposa —susurró con dolor.
Su respuesta no mejoró mi ánimo. Me sentía como un león enjaulado a punto de atacar. ¿Cómo se atrevía él a hablarle así a mi chiquilla? Era su padre, pero desde que la escogí, ella me pertenecía, y nad