Elisabetta se quedó en las escaleras mucho después de que Kim desapareciera por el pasillo.
Su mejilla aún estaba cálida. Ya no por la bofetada. Por sus dedos. Por la forma en que la había tocado. Como si fuera algo que podía romperse. Como si no quisiera que se rompiera.
Presionó la palma contra su rostro, intentando aferrarse a esa sensación. Era una tontería. Sabía que era una tontería. Norman Macalister no se preocupaba por ella. Lo había dejado claro desde el