«Sí, castigo. Quiero que te arrodilles y me hagas una mamada, quiero mi crema por toda tu cara», murmuró Antonio sin sentido.
Ella sabía que era su fin.
¿Qué acababa de decir?
¿Estaba pensando en absoluto?
¿Qué se suponía que debía responder?
Todas esas preguntas seguían corriendo por su mente cuando escuchó un ligero suspiro de risa provenir de Antonio.
«Espera, ¿de verdad esperas que diga algo así?» preguntó Antonio, sonriendo con burla.
«La única razón por la que no te he matado es porque aú