—¿Ves? —dije—. No eres un ladrillo.
Esperaba una réplica mordaz. En su lugar, levantó la vista y sonrió. No fue una inclinación de labios ensayada de "Lady Raven", sino una sonrisa real y desordenada que le llegó a los ojos.
El aire abandonó mis pulmones como si me hubieran dado una patada.
Dioses, se veía tan hermoso.
El pensamiento me golpeó como un impacto físico. Era peligroso. Estaba mal. Casi tropecé con mis propios pies.
—Lo siento —logré articular, y la palabra se sintió como ceniza.
Mi