La semana entera en que la inestimable Doña Marguerite permaneció instalada en la mansión Volpi fue... simplemente intensa.
No en el sentido caótico o ruidoso de la palabra. No era el tipo de anciana que andaba gritando por los rincones, dando portazos con rabia o haciendo escándalos dramáticos al estilo telenovelesco. Nada de eso. Pero la presencia física de esa vieja señora francesa llenaba cada centímetro cuadrado del ambiente. Estaba allí. Todo el tiempo. Sentada estratégicamente en su sill