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El despertador suena, y suelto un breve refunfuño matinal. Aún con los ojos cerrados, tanteo hasta encontrar mi móvil junto a la almohada. Deslizo el dedo para apagar esa música irritante y, al hacerlo, paso la mano por el rostro, obligándome a despertar.
Creo que es la primera vez en mucho tiempo que despierto con el despertador — y no antes de él —, y que estoy tumbado en mi cama y no en la oficina.
Hoy es domingo, día de que mi madre se quede con los niños. Esto me recuerda que debe es