El silencio en la gran mansión era denso, pesado y embriagador.
Sasha se había ido. La servidumbre estaba recluida en la lejana zona de servicio. La vasta finca pertenecía por completo a la tormenta que se gestaba entre nosotros dos.
Yo permanecía en lo alto de la gran balconada de mármol, mirando hacia abajo por encima de la oscura balaustrada pulida.
Al pie de la escalera aguardaba Theo. Se había quitado la chaqueta del traje, había arrojado la corbata en algún rincón del vestíbulo y llevaba