El silencio que flotaba entre nosotras se sentía lo suficientemente denso como para asfixiar a cualquiera.
Sasha se quedó suspendida en el umbral, con las manos congeladas en el aire y su tórax expandiéndose en jadeos cortos y alterados. La corriente fría del pasillo rozó sus pies descalzos, pero un calor repentino le quemó el cuello, manchándole la piel con un rojo desordenado y vergonzoso. Lucía como una ladrona atrapada con el brazo metido hasta el codo en una caja fuerte.
No me inmuté. Mant