Matt sintió un vuelco en el pecho. Sus piernas, que antes carecían de fuerza, se movieron por puro instinto hacia la entrada. Al abrir la puerta del estudio y avanzar por el pasillo, se detuvo en seco.
Allí estaba ella.
Bajo la luz del recibidor, Valerie se veía imponente, pero con una serenidad que Matt no recordaba. No era la mujer quebrada que él había dejado atrás; era una versión renacida, más fuerte y, a sus ojos, dolorosamente hermosa. El asombro lo dejó mudo; intentó articular una