Muna terminó de bañarse y se cambió con la ropa que Dexter le había dejado ordenada sobre la cama. Era una sudadera negra dos tallas más grande que ella, que le llegaba justo por encima de las rodillas, cubriéndole los muslos.
Eran pasadas las diez y el Alfa aún no regresaba. Se preguntaba dónde estaría, aunque no le importaba; se alegraba de no tener que ver esa cara de piedra hasta la mañana siguiente, si es que volvía esa noche.
Sin sueño y aburrida, Muna salió al balcón. La suave brisa le a