Alexander respondió al beso con igual fervor, era difícil para él detenerse cuando ella estaba tan dispuesta a entregarse sin ningún tapujo ni restricciones.
Sus manos se tocaban con desesperación y el calor del deseo comenzó a controlarlos, a dejar de ser racionales.
«Esta noche será nuestra, hay que marcarla, no me defraudes», pensó Lyall, delirante de deseo.
«Si ella me quiere, no podré detenerme más. Será esta noche y será nuestra para siempre», la adrenalina corría por sus venas de solo pe