Continuaron caminando a lo largo del río, charlando sobre sus vidas, sueños y esperanzas. Alexander le contó historias de su infancia, de sus travesuras y de su amor por la naturaleza.
Rachel se sentía cada vez más cautivada por él y sus historias.
A su vez, Alexander se sentía fascinado con ella, embelesado por su belleza y con ganas de que ese día nunca acabara. Sin embargo, el estómago de Rachel gruñó, y él rió, haciendo que ella se sintiera apenada.
—Iremos por algo de comer, hemos estado