Ilan
Duluh se quedó callada junto a la puerta, con la taza de infusión aun descansando en su mano. Sabía que mi malestar no tenía otro remedio más que el evidente, y sería inútil tratar de seguir negándome a la realidad que me acababa de golpear, dejándome noqueado.
—Si no necesita nada más, me retiro —espetó la mujer, dándose la vuelta para salir del dormitorio y darme mi espacio.
—¿Duluh? —La detuve.
—No hace falta que lo pida —murmuró sin esperar a que pronunciara ni una palabra—. No diré na