Aleandro no pensó mucho en el comportamiento del médico y se apresuró a entrar en la sala de partos. Desde dentro oía el llanto del bebé.
«Mi niña», dijo Aleandro, mirando al pequeño bebé en brazos de una enfermera.
Lo habían lavado y vestido con esmero. La enfermera entregó el bebé rojo a su padre.
«Señor, su bebé es una niña preciosa», dijo la enfermera, como si le preocupara que a Aleandro le molestara que su primer hijo fuera una niña.
A Aleandro no le preocupaba el sexo de su primer hijo.