Aleandro se arrodilló y depositó un ramo de rosas blancas sobre la tumba. Se arrodilló junto al montículo de tierra, ajeno al hecho de que su cuerpo estaba empapado por el agua de la lluvia.
«Yuriel...» Aleandro acarició suavemente el nombre de Yuriel en la lápida, como si estuviera tocando la piel de la mujer de sus recuerdos. Le pareció ver un rostro sonriente frente a ella. Con voz ronca, dijo. «Todo es culpa mía. Eres libre de odiarme y abandonarme. Pero no puedo... no puedes dejarme así y