El rostro de Aleandro era oscuro y cruel, como el de un rey demonio. Últimamente mostraba un lado más oscuro de sí mismo, y cada vez era más malo.
Aleandro soltó el cuello de Sherly de su agarre. Sherly cayó al suelo, con los ojos llenos de dolor mientras miraba al hombre al que había amado durante años. Las lágrimas corrían por sus mejillas. No eran lágrimas falsas, sino lágrimas del más profundo anhelo de su corazón por aquel hombre. A pesar de que Aleandro no correspondía a sus sentimientos,