Greta
No podía evitar mirar a Finn cada pocos minutos. Los últimos dos días habían sido aterradores, y ya no había mucho que me asustara. Mi loba había tenido razón: él me necesitaba para sanar y combatir el veneno que corría por su cuerpo. Mi loba se había tomado su tiempo limpiando una a una cada herida. Había más de cien cortes y rasguños que atender, y teníamos que transformarnos cada doce horas para que ella los lamiera hasta dejarlos limpios.
La saliva detenía el sangrado por un rato, per