De pronto dejé de respirar. El mismo auto que casi chocaba minutos atrás, pasó a un lado de mí a toda velocidad. Exclamé un sonido de terror al verle perder el control y dar una vuelta por el pavimento. Estaba a cinco minutos del vecindario. Alrededor no había más que campo.
— Maldito siete de enero— grité corriendo hacia el auto. Tenía miedo. ¿Y si lo siguieron y los demás matones vendrían?
Quería seguir corriendo. Llegar a casa de Martha y pedirle que nos llevará en su vieja carcacha hacía el