En Florencia, Giada está sentada en su escritorio revisando algunos documentos con una sonrisa que no se puede quitar del rostro, le entra una llamada a la oficina y contesta cordial, pero al oír la voz su sonrisa desaparece.
—Fabrizzio, ¿por qué me llamas al trabajo? Estoy ocupada.
—Hola, amor mío. Ya que no me respondes las llamadas en tu móvil, no me queda otra opción.
—¿Te estás muriendo que no puedes esperar a mi descanso? —le dice ella de mala manera y sólo oye un suspiro del otro lado.
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