El camino a la oficina de mi padre se me hizo más largo que nunca.
Cada pasillo del estadio parecía cargado de tensión, como si las paredes mismas la hubieran absorbido y ahora la retuvieran en el zumbido fluorescente sobre nosotros. Los empleados se movían a nuestro alrededor en filas apretadas y apresuradas, pero en cuanto nos reconocieron juntos, el ambiente cambió.
Las miradas nos siguieron, los susurros se elevaron a nuestro paso. Nadie dijo nada en voz alta, pero no hacía falta. La fotogr