SARAH
Por un momento, pensé que por fin había encontrado a un salvador. Entró un hombre de unos cincuenta y cinco años, barrigón, calvo y feo. Se parecía a esos hombres que habían pasado su juventud metidos en negocios y tratos turbios y sucios.
Cuando los hombres lo vieron, se estremecieron violentamente, como si acabaran de ver un fantasma. Sus ojos se abrieron como platos y solo pudieron articular medio fonema. De repente, cayeron de rodillas e inclinaron la cabeza.
—Jefe.
Oh. Al parecer, no