AMELIA
Los días de reposo absoluto se escurrieron en una rutina pacífica que terminó por romper mis defensas. Aarón no se despegó del ático; dejó las juntas de la Torre Kane en manos de Sebastián y se transformó en un enfermero atento que no me dejaba dar un paso en falso. Al mediodía, obstinada por el encierro de la recámara, caminé despacio hacia la estancia principal apoyándome en las paredes del pasillo. Lo encontré en la cocina terminando de servir dos platos con caldo de pollo caliente.
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