AARON
El viaje de regreso en el helicóptero fue un auténtico calvario de silencio. Sebastián y yo apenas cruzamos palabra en la cabina; la confesión de la anciana Martha me seguía retumbando en la cabeza no sabía cómo se lo tomara Amelia. Al aterrizar en Londres, mandé a mi amigo a la Torre Kane para blindar los primeros reportes y subí de inmediato al deportivo plateado, manejando a toda velocidad hacia el canal de televisión. Miré el reloj del tablero; eran pasadas las ocho de la noche, la ho