Al día siguiente, a Sofía le carcomía la incomodidad mientras más pensaba en lo sucedido. Sobre todo al recordar la actitud insolente y provocadora de Valeria en la fiesta.
Harta, al salir del trabajo, condujo a casa. No podía creer que nadie fuera capaz de poner en su lugar a Valeria. Era demasiado arrogante.
Una cosa era que lo hubiera hecho una o dos veces antes, pero en esta ocasión la había humillado a ella y a su cliente delante de todo el mundo. Esta vez, Sofía había llegado a su límite.