Los dedos de Xavier se cerraron en puños sobre el escritorio de caoba, los nudillos blanqueándose mientras luchaba por reconstruir recuerdos fragmentados. El silencio de la habitación se apretaba contra él: un sudario sofocante de preguntas sin respuesta. Se impulsó hacia arriba, la silla de cuero chirriando en protesta, y caminó hacia la ventana. Su reflejo lo miraba de vuelta, como un fantasma en medio de la extensión de la libertad de Nueva York debajo de él. Su mente giraba con la acusación