Las gotas de agua caían en cascada sobre la escultural figura de Xavier al salir de la ducha llena de vapor. Buscó la comodidad ausente de una toalla, pero solo para aferrarse al vacío. La cruda realidad lo asaltó: las toallas estaban amontonadas en la lavandería, todas con manchas y arrugas de la noche anterior. "¡Joder!", espetó, con un gruñido bajo que reverberó contra el frío azulejo.
Hizo una pausa; el silencio de la habitación le hormigueaba la piel. «¡Uf! Cathleen sigue durmiendo, despué