Las llaves resonaron sobre el escritorio de caoba, anunciando el final de otra batalla victoriosa en el tribunal. Los tacones de Cathleen marcaron un ritmo definido al salir del bufete, con los hombros erguidos ante el peso de su reputación: invicta, inquebrantable. El cielo del atardecer era un lienzo de azules y morados oscuros, con sombras que se proyectaban sobre el aparcamiento donde el elegante coche de Xavier estaba abandonado. Sentirse al volante y reclamar algo suyo, aunque fuera tempo