Los dedos de Cathleen tamborileaban contra el volante, un ritmo entrecortado que resonaba con sus pensamientos desbocados mientras recorría la ruta familiar al trabajo. El sol de la mañana se reflejaba en el cromo y el cristal, pero dentro de su coche había un santuario de pensamientos ensombrecidos.
Se metió en su plaza de aparcamiento reservada, y el ronroneo del motor se apagó al apagar el motor. Sus tacones resonaron con autoridad sobre el hormigón al entrar en el edificio; el sonido contra