Xavier estaba sentado en la luz fría y tenue de su oficina, el peso de la soledad presionándolo como una fuerza física. Era sofocante, ese silencio: un mes desde que la voz de Cathleen lo había atravesado, un mes desde que sus cuerpos habían hablado el lenguaje primitivo que ambos entendían tan bien.
—Señor, ha llegado un paquete para usted en la recepción.— La voz de Caleb cortó su ensimismamiento, una interrupción no bienvenida.
—Ábrelo,— ordenó Xavier sin levantar la vista, los dedos curvánd