Los tacones de Cathleen repiqueteaban contra el porche mientras abandonaba el refugio del columpio a la sombra; el sol de la tarde proyectaba largas sombras sobre el suelo. La casa se alzaba imponente ante ella, sus ventanas como ojos severos que vigilaban cada uno de sus movimientos. Exhaló con fuerza, enderezando los hombros ante lo que fuera que la esperaba adentro. Esto no era más que una acusación, y tampoco es que estuviera embarazada. El pensamiento casi le resultó gracioso.
Al empujar l