El plato de porcelana chirrió contra la brillante madera de caoba cuando Cathleen empujó su silla hacia atrás, sus patas protestando tanto como la rabia que se acumulaba en su pecho. Sin detenerse a mirar los rostros que habían dejado de masticar, su furia se avivó con los murmullos conjeturales sobre su supuesta enfermedad. Solo el pensamiento —la estupidez de creer que estaba embarazada— le provocó una reacción visceral que no lograba procesar del todo.
Afuera, todo era diferente al mundo que