El cuero del asiento del coche crujió bajo el peso de Xavier al moverse, con la mirada fija en el rostro sereno de Cathleen. Su pecho subía y bajaba en un ritmo silencioso, ajeno al peso del mundo que a menudo soportaba. El motor del vehículo se apagó, el repentino silencio marcó su llegada. La observó —una guerrera en reposo— y sintió una calidez desconocida extenderse por su pecho.
La mano de Xavier se movió hacia el pomo de la puerta, una deliberada traición a la rutina. Caleb, con los ojos